Sí, cada verano hace más calor

No se puede negar el Cambio Climático. Desde finales del siglo XIX, la temperatura media de la Tierra ha aumentado 1,2 grados centígrados.

 

Crecí en un pueblo de la comarca sur sevillana con veranos duros y secos en los que mi vecina tenía que regar las macetas del balcón con agua en polvo. Uno de esos municipios en los que entre las dos del mediodía y las ocho de la tarde incluso se podrían apagar los semáforos. Un desierto cuyo silencio solo se rompía a la hora de «la fresquita» con las conversaciones acerca del calor en los bancos de las plazas. Un día paseando con mi padre se oía a un señor mayor decir que había vivido veranos muy calurosos, pero que como aquel, ninguno. Mi padre me habló de lo que él llamaba «conversaciones cíclicas». Todos los años la gente dice que nunca ha hecho tanto calor. El verano que viene, haga la temperatura que haga, volverán a tener la misma conversación. Era a principios de los noventa y el Cambio Climático todavía no había ocupado ni un solo renglón en los diarios.

Puedo entender la postura relajada de mi padre ante el aumento de la temperatura por aquel entonces y puedo entender el desconcierto de los mayores ante aquel calor que no era igual de un verano para otro, sin explicación aparente antes de que la ONU se plantease la urgencia de actuar contra el fenómeno y le diese un nombre. Lo que no puedo entender es que a estas alturas, con primaveras en las que solo llueve información sobre la gravedad de la salud del planeta, todavía estén quienes niegan la evidencia del aumento de la temperatura media como consecuencia de nuestro insostenible modelo de vida. Y negarla no implica solo el gesto manifiesto de ningunear en Twitter a quienes señalan el problema. Es también ser conscientes de que algo grave está pasando y seguir aplicando, cuando abusamos del plástico en la compra, del gasto energético o el uso prescindible del coche, eso de «bueno, no pasa nada». Sí pasa. Desde que tengo memoria, cada verano hace más calor y, a diferencia de los viejos en las plazas de mi pueblo, sé que no es una percepción solo mía.

Los último ocho años han sido los más cálidos desde que se tienen registros de la temperatura media del planeta. Un hecho de una gravedad incontestable. Los datos recogidos por la NASA señalan un aumento de la temperatura media de 1,2 grados centígrados, cifra que, de seguir esta misma tendencia, podría situarse en los 1,5 para 2024. Entre las consecuencias de que esto llegase a pasar están catástrofes para los ecosistemas como la desaparición de muchas especies de plantas y animales e incluso la destrucción total de los arrecifes de coral. Eso sin decir que nos colocaría en un punto sin retorno que convertiría en inútiles todos los planes de la Agenda 2030 establecida por la ONU para salvar el futuro de nuestro hogar.

 

«Ahora que el Cambio Climático va mas allá de la anécdota, de la conversación para romper el silencio, (…) parece más cómodo negar la evidencia, reírse de la inminente escasez de recursos, desoír las advertencias sobre el ahorro energético y entregarse al placer del aire acondicionado»

 

El aumento de la temperatura no es algo exclusivo de una época del año, como tampoco lo es de una zona concreta del planeta, ni de la plaza de un pueblo. Puede apreciarse todos los meses y pasa en todas las zonas del mundo. Según un informe del Servicio de Cambio Climático de Copernicus (C3S), mayo de 2022 ha sido el quinto mes más caluroso desde que se tienen registros y en el suroeste de Europa se han batido records históricos de temperatura debido a las sucesivas olas de calor que hemos encadenado en la primera mitad del verano. Incluso las zonas más frías del planeta han notado este aumento de las temperaturas, que también fueron muy superiores a la media en la franja que se extiende hacia el sur desde Siberia occidental y también en la Antártida. Otras zonas en las que se ha notado son Asia central hasta el norte de la India y Pakistán, el Cuerno de África, el sur de Estados Unidos y México.

La subida acelerada del mercurio lleva las consecuencias más allá del cambio de la hora a la que se puede salir a tomar el fresco y comentar con los vecinos lo inaguantable que se hace estar en la casa metido con el calor que hace y que no se recuerda cosa igual. En España, la sequía provocada por esta situación ya ha obligado a establecer restricciones sobre el uso del agua. Según el Boletín Hidrológico Nacional, en los últimos tres meses ha llovido un 46 por ciento menos que la media. Esta falta de lluvia ha dejado a los embalses agotados y con niveles muy lejos de la media anual y muy por debajo de los registros de la última década. En Andalucía, dada la gravedad de la escasez, algunos municipios ya han tomado medidas drásticas como el corte de suministro de agua del grifo durante la noche en la sierra del Segura en Jaén, o una restricción del 20 por ciento del consumo en algunos puntos de Huelva y Málaga.

Asisto a todo este panorama y recuerdo la indolencia con la que notábamos el aumento de la temperatura hace dos décadas. Algo tan poco preocupante que todo el mundo tenía la certeza de que aquel aumento de un verano para otro era real. Ahora que el Cambio Climático va mas allá de la anécdota, de la conversación para romper el silencio. Ahora que ningún padre puede permitirse insinuarle a su hijo que no es verdad que cada año haga más calor. Ahora que en lugar de todo eso se requiere un sacrificio, un esfuerzo, parece más cómodo negar la evidencia, reírse de la inminente escasez de recursos. Sentarnos en un banco y buscar alguna conversación que nos refuerce la idea de que la mejor manera de combatir el aumento de la temperatura es desoír las advertencias sobre el ahorro energético y entregarse al placer del aire acondicionado.

 

Imagen superior: Kelly Sikkema – Unsplash

 

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